dilluns, 5 d’octubre de 2009

¿Qué decir? Palabras para Alejandro de la Sota. Josep Quetglas

Me encuentro en una situación incómoda.
Por un lado, me enorgullece y agradezco poder estar aquí, poder tomar parte en esta ceremonia de la Escuela de arquitectura de Madrid en memoria de Alejandro de la Sota.
Pero, a un tiempo, no sé que he venido a hacer, no sé con precisión en qué consiste un acto como éste, no sé cómo debamos proceder.

Sin duda, dentro de un tiempo, esta incomodidad estará resuelta. Entonces será el tiempo de organizar sesiones colectivas donde hablar de Sota y su obra para, entre todos, comprender mejor y transmitimos unos a otros lo que cada cual haya aprendido de su obra.

Entonces hablaremos y nos escucharemos. Pero en este momento la situación es bien distinta.

La distancia entre el momento de su muerte y ahora es todavía visible en todo su recorrido, tiene tal cercanía que habría cierto punto de engreimiento o de insensibilidad si cualquiera de nosotros se pusiera a hablar, a consultar sus papeles para hacer oir a los demás cuánto sabe.
Ahora no es el tiempo de hablar, ni acerca de la arquitectura de la Sota ni acerca de ninguna cuestión de la que sepamos.

¿Qué podemos hacer? ¿Recordarlo?

Tampoco es el caso. Si recordar tiene que ver con envolver y proteger algo en nuestro propio corazón, no creo que sea adecuado el grupo para recordar nada, sino la más estricta intimidad. No se recuerda en público.

¿A qué hemos venido, pues?

A hablar y a escuchar: sí, es posible, pero no a escucharnos a nosotros mismos hablándonos a nosotros mismos.

Este acto ya tendría sentido si en nuestra reunión nadie hablara, si ocurriera un silencio suficientemente atento como para presenciar y enmarcar el silencio que, desde ahora, será el de Alejandro de la Sota. Venir para quedar callados, en esta misma sala donde él habló.
Quizás entonces nos fuera dado percibir un murmullo muy tenue, pero preciso, que está y sigue para siempre en esta sala, rebotando y viajando de una pared a otra, y que sólo se alejaría por el espacio abierto, siguiendo una inalterable trayectoria interminable, si se abatieran las paredes y avanzara a cielo abierto.
Ese murmullo es la ondulación iniciada por la misma vibración del aire que un dia impulsó de la Sota al hablar, un murmullo que sigue siendo la misma vibración de aquel día.

Ese murmullo está ahora aquí. Sin duda ya viaja fuera del umbral que nuestros oidos son capaces de recoger, pero no está dicho que sólo pueda ser escuchado por los oidos.
¿No queréis oirlo? Callemos, pues.

Ese gesto sería posible, pero creo que no sin dejar en cada uno de nosotros, al separarnos, el sentimiento de no haber llegado a cumplir por completo con lo que nos reune.
También estamos aquí porque hay que hablar. Para hacerlo, lo primero que haría falta es el don de la palabra.
Eso no quiere decir saber hablar en términos fluidos y elegantes, ni conceptualmente ricos o interesantes.
Lo que nos falta es la palabra precisa, la adecuada aquí, en esta situación. La única que valdría la pena saber decir. La palabra frente a la cual todo asiente. La palabra que convoca a lo nombrado y lo pone en vida.

Marcos, 5 40-41: «Tomando a la niña de la mano le dijo: "Talitha kum", lo que se traduce por: Niña, te lo digo: ¡levántate!»

Lucas, 7 14: «Entonces dijo: "Muchacho, te lo ordeno, ¡levántate!"».

Kaj Munch, Ordet : «Escúchame, Padre nuestro que estás en los cielos, envíame la palabra, la palabra que Cristo ha ido a buscar para nosotros al reino de los cielos, la palabra creadora, la palabra de vida. ¡Dámela! Escúchame tú, difunta. En el nombre de Jesucristo, por quien las tumbas saltan en pedazos, tan cierto como que es voluntad de Dios: ¡Vuelve a la vida! Mujer, te lo digo: ¡Levántate!».

¿Qué decir, si ésa, la adecuada, es precisamente la palabra que nos falta, ante cuya ausencia todas las otras que sepamos pronunciar son escasas, insuficientes, están fuera de lugar?

Es posible que esa palabra no esté en nuestro idioma. Aunque ha habido quien, como Walter Benjamin, creyera que cada uno de nosotros posee y es responsable de una pequeña y débil fuerza mesiánica, capaz, pese a su debilidad, de reinstaurar vida en el interior de lo que ha sido.
Así, aquí no voy a hablar para hacer oir lo que yo me crea saber de la arquitectura de Sota, o con la irracional ilusión de revivirlo.
Mi intención es hablar para que las palabras que ahora pueda pronunciar acompañen en adelante al trayecto interminable de las suyas, para que las palabras de Sota no viajen solas en este sala.

Voy a decir tres palabras. La primera es la palabra Casa, la segunda es la palabra Maestro, la tercera es la palabra Muerte.

Casa.
En el prólogo a la segunda edición de "Hacia una arquitectura", en 1924, Le Corbusier define casa. Escribe que tenemos el instinto, el deseo de «una casa que sea ese ámbito humano que nos rodea, que nos separa del fenómeno natural antagonista, que nos da nuestro medio humano, a nosotras, las personas.»

Es una definición oscilante, pendular. Depende de una orilla variable -"el fenómeno natural antagonista"-, que no nos envuelve con una frontera estabilizada, sino que, según la ocasión, puede acercarse o retirarse. La intemperie puede empezar a veces a flor de piel, o, a veces, por piruetas que tracemos, nunca salimos al exterior de un ámbito humano que reconocemos nuestro.
Allí donde la persona se encuentre en su ámbito, ahí está en casa. Allí donde sienta el contacto directo con el medio hostil antagonista, ahí está a la intemperie.

¿De qué está hecha una casa? ¿Cuál es el tejido de ese envoltorio, de ese ámbito que reconocemos como no hostil?
Por muchos distintos materiales, improvisados o acarreados, tanto físicos como mentales, tanto ocasionales como adquiridos.
Piedra, yeso y madera; luz y calor; agua; objetos y memoria; costumbres; otras personas.

Marx escribió que, por "naturaleza", no debíamos entender mares, campos, valles y montañas, bosques, cielo y animales. Naturaleza, para las personas, es siempre naturaleza humana, sociedad, por cuanto ninguno de nosotros puede existir sino en el interior de una sociedad, que es su condición, el marco de su vida, el resultado de su acción.
Eso quiere decir que podemos pensar la definición de Le Corbusier como tratando del establecimiento de un ámbito humano, que nos defiende, que aparta lo hostil, los comportamientos cuyo contacto sentimos antagonistas. Como en Esparta, nuestra casa está hecha con la actividad de aquellos que nos protegen.

La parte del cuerpo que antes reacciona ante la noticia de una muerte es la piel.
Sentimos la ausencia que se ha producido como un boquete, como una súbita desprotección. Entre nosotros y el mundo, algo que antes nos cubría, que se interponía y apartaba al medio natural antagonista, ya no está. La punzada del frio ha entrado por ese jirón.
Para los que estamos aquí, y para muchos de los que entre nosotros se han acercado al oficio de la arquitectura en el último medio siglo, Sota ha sido una casa.
Él ha desplazado lejos, fuera, el medio natural antagonista, nos ha permitido usarlo como barrera. Ha abierto un ámbito en cuyo interior el esfuerzo de nuestro trabajo ha cobrado sentido, ha tenido modelos, se ha podido orientar.

¿Quiere decir eso que ha sido confortable, que era protector, que dentro suyo uno podía acurrucarse con comodidad?
No, de ningún modo, porque ha sido, además, un maestro.

Esa es la segunda palabra.

Maestro.
¿Qué es un maestro?
Ante todo, es alguien que no tiene discípulos. Carece de interés, por cuanto no hace más que repetir lo que ya hay, la imagen de un maestro como aquél que orienta sobre el camino y las metas, que marca la dirección y el cauce a seguir, que trasmite a los demás su saber y experiencia acumulados, que dota de instrumentos.
Alguien puede pensar que la obra del maestro enriquece con su herencia a las generaciones sucesivas, a quienes la trasmite. Eso no sólo es falso: es también un absurdo lógico.
Hay gente así, pero llevan otro nombre. Un maestro desorienta, insatisface, empobrece.
Ante el maestro, el resultado al que cada uno de nosotros ha llegado no basta. Cuanto sabemos es insuficiente, impreciso, aproximado.
Todo cuanto hemos adquirido muestra un sospechoso brillo de quincallería, ante el maestro.
El maestro es un dispositivo que hace saltar una inmediata desconfianza ante lo obtenido.
Impulsa, en una continuada insatisfacción, a ir más allá, hacia otra dirección, de diversa manera.
Como más nuestra experiencia se mueve en el estímulo centrífugo del maestro, más capaces somos de prescindir de modelos, reglas, obediencias, costumbres.
Un maestro no convoca, no atrae. Dispersa.
Perdemos seguridad. El maestro es aquél que nos quita, una tras otra, las provisiones acumuladas. Quedamos sin nada entre las manos. Puede ser llamado pobreza, pero también libertad.
El maestro hace libre. Nos enfrenta a un territorio en el que no hay ningún sendero trazado, de ilimitada extensión, y que debemos recorrer solos.

Eso acerca a la tercera palabra.

Muerte.
¿Qué significa que Alejandro de la Sota esté muerto? -porque está muerto, ¿verdad?

Hay que cuidar el lenguaje, en este territorio límite, y para conviene tener la ingenuidad de quien oye y usa por primera vez una palabra, y la humildad de quien acepta ser usado por las palabras.
¿Muerto es lo que no está en vida? ¿Que esté muerto significa que ya no está vivo?
No exactamente.
Muerto es lo que ya no puede vivir por sí mismo, lo que, de seguir siendo tiempo vivo, requiere del apoyo en otros.

¿Cómo puede hacerse eso? Actuando en dirección contraria a como ocurre en los hospitales. Ahí ceden los órganos de los muertos, para que los vivos puedan seguir viviendo.

Se trata de llegar a hacer lo contrario: cederle todo nuestro cuerpo a quien ha muerto, para que éste pueda seguir viendo por nuestros ojos, hablando por nuestra garganta, trabajando por nuestras manos. Para que su modo de imaginar, sentir, proponer siga estando en pie, en activo entre nosotros.
Para que siga viviendo.
Que, mientras nosotros vivamos, Alejandro de la Sota pueda seguir haciéndolo a través del modo en que nosotros vivamos.

Recuerdo ahora dos frases, leídas en autores dispares.
Una es un verso de Borges. "Somos los que se van". Escrito de otro modo, en un poema posterior, resultaba: "Sólo el que ha muerto es nuestro".
La otra frase es de un ensayo de John Berger: "Los muertos son la imaginación de los vivos".
Ambas frases me resultan enigmáticas, porque no encuentro modo de determinar el sujeto y el objeto que quedan a lado y lado del verbo "ser".
¿Somos nosotros quienes nos vamos, o substituimos a quienes se han ido?
¿Imaginan y crean los vivos a los muertos, o producen los muertos la imaginación de los vivos?
¿Poseemos al que ha muerto, o ha sido lo nuestro lo que ha muerto?
No quiero palpar demasiado estas frases, para mantener abierta mucho tiempo esa proximidad entre nosotros -un "nosotros" del que todos, también "ellos", formamos parte.



Josep Quetglas


Nota: Artículo obra de Josep Quetglas

raul

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