dissabte, 9 d’octubre de 2010

Ciudades, Arquitectura y Crisis | Joaquín Casariego | El País

Se ha argumentado que la ambición de gobernantes y arquitectos por inmortalizarse ha llevado a las ciudades a una espiral de obras mastodónticas que han contribuido a la recesión. No es exactamente así.


Durante los últimos meses han aparecido en la prensa y en algunos medios vinculados a la arquitectura, una serie de textos en forma de libro o de pequeños artículos de opinión, que la sitúan poco menos que como la causante de la crisis presente. La argumentación sería más o menos como sigue: la ambición y el empeño de los gobernantes por inmortalizarse, así como de algunos arquitectos por dejar su huella imperecedera, introdujo en las últimas décadas a las ciudades en una espiral de intervenciones rotundas y de obras mastodónticas, no siempre necesarias ni valiosas, que no solo no redundó en beneficio de aquellas, sino que se tradujo en uno de los agentes desencadenantes de muchas de sus limitaciones actuales, contribuyendo, a la postre, a la recesión económica en que ahora nos encontramos.
Aun admitiendo algunos mensajes parciales incluidos en el discurso, como que en las épocas de bonanza se cometen errores de exceso y que un traspiés en arquitectura puede desencadenar disfunciones graves en las ciudades, o el hecho palpable de que en innumerables ocasiones a los arquitectos de gran prestigio se les ha utilizado para obtener ventajas de proyecto (en la volumetría, en la forma, en su disposición urbana...), el tema de fondo exige bastantes matizaciones. Entre otras razones, porque con frecuencia se confunde arquitectura con construcción y se aplican a la arquitectura (una bella arte) excesos que provienen de la desregulación de un sector económico, la construcción inmobiliaria, que sí anduvo desbocado en España durante las últimas décadas y que sí ha sido uno de los causantes de la crisis.

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